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Seres insulares

Por Matías Aylwin Márquez

Disfrutan de la contemplación de los paisajes insulares; se sienten profundamente conectados con la amplitud del mar, los bellos amaneceres y la suavidad de las colinas chilotas. Es como si ese entorno fuera parte de sí mismos.

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A lo largo de estos años de contacto con el archipiélago de Chiloé, he conocido a personas especiales que encontraron en este territorio el hogar y refugio que necesitaban frente al mundo. No buscan estar en el centro del sistema; prefieren, de manera voluntaria, permanecer apartados, lejos de las grandes aglomeraciones y de los circuitos sociales bulliciosos. Disfrutan de compartir con los demás solo por momentos y son cuidadosamente selectivos al elegir sus amistades.

 

La conversación con ellos es gratificante, pues sus visiones y su mundo interior son profundos. Sin embargo, al poco andar, se detecta que poseen un carácter marcadamente reservado. Que hayan brindado su compañía por un instante no significa que deseen un contacto constante ni excesivo: marcan una distancia, un espacio. No quieren ser demasiado observados ni intervenidos, tampoco entregar más información de la cuenta. Hay una parte de su ser que resulta impenetrable; son seres introvertidos que cuidan con recelo su mundo interno, su verdadero tesoro. Sienten que lo íntimo y privado posee mucho más valor que la exposición innecesaria. Lo más preciado es lo que no se revela.

 

Disfrutan de la contemplación de los paisajes insulares; se sienten profundamente conectados con la amplitud del mar, los bellos amaneceres y la suavidad de las colinas chilotas. Es como si ese entorno fuera parte de sí mismos. La lluvia es una de sus mejores compañeras: su sonido es un deleite que reconforta su mundo interior. Gustan de los inviernos australes que invitan a guarecerse y, en compañía del fuego, disfrutan de la intimidad, el ritmo lento y la reflexión. Son afines a actividades que exigen concentración y silencio, como leer, escribir o pintar. En general, gozan de lo esencial; no gustan de grandes excesos ni lujos.

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Se podría decir que los seres insulares se comportan de manera opuesta a las mayorías. Precisamente han elegido esta vida porque no se sienten a gusto acoplándose a las modas y preferencias de las masas. Su estilo de vida tiende más bien a lo minoritario, a lo selectivo, al nicho. Quizás sienten que las grandes concentraciones humanas los agreden; existe un conjunto de elementos en esos espacios densos que resulta nocivo para su sensibilidad, por lo que prefieren vivir apartados. De la sociedad, detestan la falsedad, la deshonestidad, las apariencias, la superficialidad, la prepotencia y la hipocresía habituales en las grandes urbes. Asimismo, rechazan factores como el ruido, la contaminación, el ritmo frenético y la violencia. Creen que es más genuina una vida en contacto profundo con la naturaleza que bajo las sofocantes demandas de una sociedad hiperurbanizada. Hay en ellos algo idealista y romántico: reconocen la virtud en unos pocos, pero viven en constante insatisfacción al observar que la mayor parte de la sociedad no se comporta como creen que debería, en lugar de aceptarla tal como es. Sueñan con una humanidad idealizada.

 

Para quienes no son como ellos, estas personas aisladas resultan extrañas, diferentes, atípicas. Los seres gregarios y sociales tienden a mirarlos con intriga, con ese aire inquisidor y esa mirada irónica de incomprensión que es, precisamente, la que provoca rechazo en los seres insulares y los invita a replegarse aún más, guareciéndose en su refugio. Así como ellos no molestan a nadie, tampoco quieren ser molestados.

 

Ellos solo han tomado la decisión de vivir más apartados; se sienten más cómodos en su mundo interno que lidiando con el exterior. Solo hay que dejarlos tranquilos, respetarlos y compartir cuando acceden a hacerlo: al lograrlo, se descubre toda su sensibilidad y profundidad.

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