Lo que he aprendido del Archipiélago
Por Matías Aylwin Márquez
El archipiélago me ha enseñado cosas que valoro profundamente y que solo pueden aprenderse allí, en la medida en que uno se conecta con el territorio y se mantiene abierto a comprender sus códigos.

Estoy en contacto con Chiloé desde 2012. A lo largo de estos años he recorrido el archipiélago como visitante, transitando espacios naturales y humanos, compartiendo momentos, vivencias y conversaciones que vuelven una y otra vez a mi memoria. Si pudiera definir una constante en este recorrido, esa ha sido sin duda el aprendizaje.
El archipiélago me ha enseñado cosas que valoro profundamente y que solo pueden aprenderse allí, en la medida en que uno se conecta con el territorio y se mantiene abierto a comprender sus códigos. Estos aprendizajes han sido diversos y su comprensión, necesariamente, ha ocurrido de forma progresiva en el tiempo.
Chiloé se descubre por capas
Para conocer el archipiélago en mayor profundidad es necesario invertir tiempo, tener paciencia y recorrer el territorio con atención. Chiloé no se revela de inmediato: su identidad se va desplegando por capas, algunas de las cuales solo se develan tras años de observación.
Quienes visitan el archipiélago por primera vez y recorren sus principales puntos turísticos disfrutan, sin duda, de una experiencia significativa. Sin embargo, lo que alcanzan a ver en un tiempo acotado corresponde apenas a una capa superficial: un primer acercamiento basado en algunas ciudades y paisajes reconocibles. Chiloé es mucho más que eso.
El contacto prolongado permite descubrir poblados, capillas, bibliotecas, pequeños museos de temática local, cementerios, sectores rurales apartados, localidades costeras de escasa población, viviendas, miradores, playas y una notable diversidad de aves. A esto se suman los formidables espacios naturales del archipiélago y, de manera muy especial, sus celebraciones y festividades religiosas, marcadas por una profunda devoción comunitaria.
En cuanto a sus habitantes, he podido constatar en ellos una amabilidad sincera, generosa y sencilla, acompañada de un carácter generalmente reservado. No revelan todo a quien recién conocen: la confianza se construye con tiempo y cercanía. Desde mi posición de visitante externo, he aprendido a respetar esa discreción. Curiosamente, mucho de lo que he comprendido sobre ellos ha sido de forma indirecta, a través de residentes foráneos que llevan años viviendo en el territorio y que relatan cómo, cuando existe la confianza y convivencia propicias, emergen los relatos, dichos, creencias y esa particular musicalidad en el habla chilota.
Chiloé es, en definitiva, un mapa geográfico y humano que no se entrega de inmediato: se descubre lentamente, con curiosidad y paciencia. Nunca te dejará de sorprender.
Una puerta al misterio y la imaginación
No es casual que en este territorio haya surgido una mitología tan rica y singular. Hay algo en Chiloé que conecta con otra sensibilidad: quizás la insularidad, la relación constante con la tierra y el mar, o el predominio del entorno natural por sobre lo artificial.
Al recorrer el archipiélago se accede a espacios propicios para la contemplación y la activación de los sentidos. El silencio de algunas localidades induce a un estado de tranquilidad y percepción muy especial, ideal para la reflexión personal. Desde hace años sostengo una misma idea: Chiloé es surrealista, y hay quienes hemos sido profundamente tocados por la experiencia de visitarlo y observarlo.
He presenciado temporales sobrecogedores, pleamares sorprendentes, arcoíris majestuosos, bosques profundos, colinas suaves habitadas por ovejas, aguas envolventes y colores naturales vibrantes. Es un territorio saturado de estímulos naturales y profundamente inspirador para cualquier proceso creativo.
Chiloé es también un lugar de historias. Las narraciones locales, pobladas de seres míticos y acontecimientos sobrenaturales, invitan a salir del marco estrictamente racional. Muchas personas —locales y visitantes— relatan experiencias singulares. En lo personal, no he sido testigo de un hecho inexplicable contundente, pero si podría hablar de percepciones sutiles, difusas, a veces hechos fugaces como la brisa, que no tienen una explicación del todo definida y que dan mucho que pensar.
Chiloé es una puerta que despierta los sentidos e invita a habitar, aunque sea por instantes, un mundo distinto.
Escuchar y aprender de otros
Una de las cosas que más me gusta de visitar Chiloé, es que siempre encontrarás alguna persona que sabe más que tú del lugar. Algunos tienen conocimientos interesantes que sorprenden. Estos pueden ser de historia, costumbres, geografía, pueblos originarios, arquitectura, religión, clima, flora, fauna o sencillamente de aspectos de la vida cotidiana, la comida, la música, el trabajo de la pesca, ganadería, la construcción o la carpintería.
Algunos también te hablarán de sus antepasados y te contarán historias nostálgicas del Chiloé antiguo. En estos casos, mi actitud es solo de preguntar y escuchar con atención y humildad. Recibes como regalo información valiosa para incorporar en tu aprendizaje.
La belleza en la imperfección
El desarrollo del proyecto Texturas Visuales me permitió observar con detenimiento la vivienda vernácula chilota: construcciones realizadas por sus propios habitantes, sin arquitectos ni profesionales, levantadas a partir de la necesidad elemental de cobijo, el trabajo comunitario y el conocimiento empírico.
Estas viviendas de madera poseen una belleza particular: honesta, simple, manual, angular y asimétrica. Carecen de pretensiones estilísticas y de fórmulas académicas. Predominan las superficies llenas por sobre los vanos, y no existe una obsesión por la simetría, la retícula o los estándares de medida. Aquí el espiral dorado no aplica.
Estas arquitecturas me enseñaron que existe una belleza profunda en la imperfección: en la calidez de lo simple, en la factura manual irrepetible, en la madera que estructura y reviste conservando su expresión natural, en las tejuelas artesanales y en el paso del tiempo que deja huellas visibles del clima y la vida insular.

Sencillez y respeto
El archipiélago invita a una vida sencilla, marcada por el apoyo mutuo. He sido testigo de gestos de solidaridad espontánea, donde la ayuda se ofrece sin expectativa de retribución. Este espíritu colaborativo fortalece la vida comunitaria frente a la adversidad.
La actitud más adecuada para habitar este territorio es la del respeto y la escucha. La humildad y la horizontalidad son valores profundamente apreciados. Quienes llegan con soberbia, petulancia o con el ritmo acelerado de la gran ciudad difícilmente logran conectar con la frecuencia del lugar.
Aquí los tiempos son otros. La lentitud no es un obstáculo, sino una forma de habitar. Es fundamental no ser invasivo y solicitar permiso al acceder a espacios habitados; ese gesto es altamente valorado.
Chiloé es un territorio propicio para las conversaciones largas y profundas, sin reloj, contemplando el mar interior, al calor del fuego y compartiendo una comida preparada por quienes abren generosamente su casa.